Hay dos tipos de personas en este
mundo. Los que comen la pizza con todo y orilla y los que no. Mi ambivalencia
me obliga como siempre a no decidir un bando, en muy raras ocasiones, caro. Desde
mis años pueriles recuerdo haber pasado por penosas escenas familiares en las
cuales me feía forzada a comer la orilla: “la orilla también es parte de la
pizza, es un todo y tienes que comértelo” palabras más, palabras menos rezaba
el manifiesto materna absoluto.
Los años han pasado y me he
convertido en un binomio que sigue sorteando recuerdos del ayer y el deber del hoy
entre levaduras y peperoni. No me malinterpreten también disfruto otros sabores
pero siempre habrá de ser algo que vaya más allá del queso, el pomodoro y las
fragantes especias.
Es obscenamente placentero
sentarse un día y comerte una pizza familiar tú solo. Saber que eres un conquistador
que llegó a la orilla del Nuevo Mundo y has encontrado la redondez que tanto
anhelaba, por la cual se privó de burdeles, vino y demás bonanzas de la tierra firme. Por otro
lado es absolutamente desalentador para la vanidad como la redondez también se
va haciendo parte de ti si te dejas llevar por la lujuria pizzeril.
Volviendo a la cuestión del
doble. Las orillas se han empecinado en dejar de ser una provocación para
convertirse en una obligación. Los demás te juzgan como si fueran mejor que tú
por comerse cualquier pedazo de masa mal cocida. Siempre habrá compañías con
trucos publicitarios de eso en los que la pizza se ve de una forma pero sabe de
otra. Con esto hemos participado en una tremenda inversión en saborizantes y
menjurjes que habrán de terminar el truco y atraerán más adeptos a “la orilla
rellena de queso”.
Cabe mencionar que el anzuelo es
arrojado a aquellos que disfrutan las orillas sin un pero (llamémosle tipo 1
para abreviar) caerán rendidos ante el ingenio publicitario. Entonces vemos
cómo el tipo 1 va contaminando e sagrado alimento y desdeña la pizza poco
voluminosa, sencilla y carismática ruedita de masa pana que tiene la orilla más
delgada y crujiente. El tipo 2 (es decir, los que no comen orillas) se vio en
el penoso camino de traer al tipo 1 al camino de la rectitud, pero entonces
surgió un tercer tipo: los vegetarianos, bueno, la paciencia tiene límites,
pero no me quiero meter mucho con el tipo 3 porque habitualmente los hay de
tipo 1 y de tipo 2 dentro de este híbrido “eco-friendly”. Seguimos con que la
batalla esta al tope, las calles se volvieron inseguras, los miércoles que yo recordaba felices en mis 2x1 de antaño
dejaron de ser lo que eran y cobraron víctimas. Oh sí, vaya que lo hicieron…víctimas
inocentes que observaron cómo su vida y recuerdos se desvanecieron. El ídolo
caído entregaba su imperio a la fuerza y nadie hizo mucho para recobrarlo.
Fueron los días más oscuros de mi niñez y poco a poco fui perdiendo la
esperanza y el gusto por salir a la calle a buscar una pizza decente.
Ganaron las flamantes pizzas
llenas de químicos y con masa de dudosa transgénica procedencia y sí, lucían
como en las fotos y yo crecí viendo esa hermosa resolución de masa
hidrogenadaxmasa hidrogenada. De amplio alcance, cuasi impresas en tercera
dimensión a tamaño doble carta que sabía igual de horrible que un plano recién
salido del plotter.
Por fortuna, de todo ese imperio
que azotó mis recuerdos y mancilló mi orgullo pizzeril resurgió la piedra y se
hizo horno, devolvió el candor y humanismo a las pizzas de mi vida. Desde
entonces he rechazado todo contacto con la manufactura de las orillas chiclosas
y llenas de mentiras coorporativas hasta donde mi vida social y mi impertinente
estómago me han permitido. He resurgido y he sido purificada con el fuego para
devolverle el honor a mis entrañas y mis jugos gástricos, soy el fuego, el tipo
1 que habitaba en mí abrió su paso en cuanto encontró otra pizza de masa
crujiente y frágil, con huellas de su paso por el horno para culminar en lo que
se denomina “pizza artesanal”.
Yo los invito a que nos
levantemos hasta aquel lugar donde se amasa con pasión y cansancio, ese lugar
de donde surge el canto de antaño, un establecimiento tan sagrado que los
uniformes no son el sistema y donde podemos saborear el renacer de la era
pizzeril como la conocimos en un principio.