sábado, 9 de mayo de 2015

Manifiesto Pizzeril

Hay dos tipos de personas en este mundo. Los que comen la pizza con todo y orilla y los que no. Mi ambivalencia me obliga como siempre a no decidir un bando, en muy raras ocasiones, caro. Desde mis años pueriles recuerdo haber pasado por penosas escenas familiares en las cuales me feía forzada a comer la orilla: “la orilla también es parte de la pizza, es un todo y tienes que comértelo” palabras más, palabras menos rezaba el manifiesto materna absoluto.

Los años han pasado y me he convertido en un binomio que sigue sorteando recuerdos del ayer y el deber del hoy entre levaduras y peperoni. No me malinterpreten también disfruto otros sabores pero siempre habrá de ser algo que vaya más allá del queso, el pomodoro y las fragantes especias.

Es obscenamente placentero sentarse un día y comerte una pizza familiar tú solo. Saber que eres un conquistador que llegó a la orilla del Nuevo Mundo y has encontrado la redondez que tanto anhelaba, por la cual se privó de burdeles, vino  y demás bonanzas de la tierra firme. Por otro lado es absolutamente desalentador para la vanidad como la redondez también se va haciendo parte de ti si te dejas llevar por la lujuria pizzeril.

Volviendo a la cuestión del doble. Las orillas se han empecinado en dejar de ser una provocación para convertirse en una obligación. Los demás te juzgan como si fueran mejor que tú por comerse cualquier pedazo de masa mal cocida. Siempre habrá compañías con trucos publicitarios de eso en los que la pizza se ve de una forma pero sabe de otra. Con esto hemos participado en una tremenda inversión en saborizantes y menjurjes que habrán de terminar el truco y atraerán más adeptos a “la orilla rellena de queso”.
Cabe mencionar que el anzuelo es arrojado a aquellos que disfrutan las orillas sin un pero (llamémosle tipo 1 para abreviar) caerán rendidos ante el ingenio publicitario. Entonces vemos cómo el tipo 1 va contaminando e sagrado alimento y desdeña la pizza poco voluminosa, sencilla y carismática ruedita de masa pana que tiene la orilla más delgada y crujiente. El tipo 2 (es decir, los que no comen orillas) se vio en el penoso camino de traer al tipo 1 al camino de la rectitud, pero entonces surgió un tercer tipo: los vegetarianos, bueno, la paciencia tiene límites, pero no me quiero meter mucho con el tipo 3 porque habitualmente los hay de tipo 1 y de tipo 2 dentro de este híbrido “eco-friendly”. Seguimos con que la batalla esta al tope, las calles se volvieron inseguras, los miércoles que  yo recordaba felices en mis 2x1 de antaño dejaron de ser lo que eran y cobraron víctimas. Oh sí, vaya que lo hicieron…víctimas inocentes que observaron cómo su vida y recuerdos se desvanecieron. El ídolo caído entregaba su imperio a la fuerza y nadie hizo mucho para recobrarlo. Fueron los días más oscuros de mi niñez y poco a poco fui perdiendo la esperanza y el gusto por salir a la calle a buscar una pizza decente.

Ganaron las flamantes pizzas llenas de químicos y con masa de dudosa transgénica procedencia y sí, lucían como en las fotos y yo crecí viendo esa hermosa resolución de masa hidrogenadaxmasa hidrogenada. De amplio alcance, cuasi impresas en tercera dimensión a tamaño doble carta que sabía igual de horrible que un plano recién salido del plotter.

Por fortuna, de todo ese imperio que azotó mis recuerdos y mancilló mi orgullo pizzeril resurgió la piedra y se hizo horno, devolvió el candor y humanismo a las pizzas de mi vida. Desde entonces he rechazado todo contacto con la manufactura de las orillas chiclosas y llenas de mentiras coorporativas hasta donde mi vida social y mi impertinente estómago me han permitido. He resurgido y he sido purificada con el fuego para devolverle el honor a mis entrañas y mis jugos gástricos, soy el fuego, el tipo 1 que habitaba en mí abrió su paso en cuanto encontró otra pizza de masa crujiente y frágil, con huellas de su paso por el horno para culminar en lo que se denomina “pizza artesanal”.


Yo los invito a que nos levantemos hasta aquel lugar donde se amasa con pasión y cansancio, ese lugar de donde surge el canto de antaño, un establecimiento tan sagrado que los uniformes no son el sistema y donde podemos saborear el renacer de la era pizzeril como la conocimos en un principio.

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