No creo poder imaginar
un momento en el que la decepción o la frustración no hayan rondado la cabeza
de los que me conocen. Cuando menos lo espero, mi comportamiento imita el de
una pequeña turbulencia aérea, pero siempre saben que aterrizarán sanos y
salvos en tierra o aunque sea chocando contra el mar.
Es probable también, que
el momento de la ironía sea menos incómoda si no bebo entre sombras y aprendo
de mis errores. Pero de qué sirve aprender a veces o tomar de tus maestros lo
mejor y superarlos si cuando te dejan solo ya no tienes idea de cómo seguir
adelante. Tampoco si aquello que has aprendido te vuelve vulnerable a las ideas
y revuelven tu yo hasta ahogarlo en su propio ego.
Soberbia, qué es eso si
no el fuego que se alimenta más fácilmente, qué es sino un pecado que no trae
bien en grandes cantidades. Y con todo, cuanto tenemos la intención de
cambiarlo, parece tan absurdo y es mejor seguir alejando a los que te quieren.
A veces, parece que el universo no es suficiente y piensas tristemente que tu “yo”
pertenece a otro lugar más lejano, casi inconcebible, absurdo y agreste.
Podrías pensar que el alma tiene una razón de ser, ¿pero qué sería sino un
engaño más?
Dentro de ciertas horas,
durante ciertos atardeceres, la lluvia de ideas que se vierte es como el
mercurio, y por más que quiero tomarlas entre mis manos escapan encapsuladas;
opto entonces por patearlas y dejo que se las lleve la suciedad de la ciudad.
Como un mal sueño, busco des lavarlas de mi memoria y prometo siempre crear cosas
nuevas y compartir lo que sé, pero últimamente solo puedo desafiar con
argumentos agrios e indirectas tristes, con palabras hirientes y acciones
que no llevan a algún lugar, con conductas impropias y sentimientos absurdos,
con lágrimas fáciles y duchas frías.
Lo absurdo, ya no parece
calmar las ganas de estallar, ni de amanecer con el cuerpo tibio.
Sigo absorbiendo el
mismo aire que antes, sigo cubriendo mis ánimos con máscaras raras, sigo
evitando la ayuda porque ya no hay esperanza.
Pero de quién es la
culpa sino de los cadáveres que escondo en el closet, de mi consciencia e
irresponsabilidad por tomar las riendas de una vida que se va desbocando poco a
poco entre los prados de mis ideas.
No, ya nada parece tener
sentido y el conocimiento parece no importar demasiado, ni llevarme a ningún
lado, de qué sirve ser una persona con talentos y capacidad si solo son útiles
para alejar a los demás y conocer la amargura, si la vida no te sabe y
encuentras absurdo todo cuando crees saber o para lo que eres bueno.
La locura no es la
explicación a nada de esto, tampoco creo que la solución sea que alguien te
escuche, ¿de qué sirve ser escuchado cuando eres capaz de inventar mentiras
como esta y dejarles saber lo que quieren oír?